El otro Uruguay

Hay un Uruguay que todavía no conoces. Prepárate para explorarlo como nunca antes.

El otro Uruguay
San gregorio de Polanco (Tacuarembo)

Ubicado a orillas del inmenso lago artificial de Rincón del Bonete, este pueblo es el primer museo a cielo abierto de Uruguay y una obra de arte colectiva en constante movimiento. Sus fachadas, muros y almacenes están cubiertos por más de un centenar de murales y esculturas creados por artistas locales e internacionales, transformando las calles en una galería psicodélica. La vibración bohemia del lugar se fusiona de forma mágica con playas kilométricas de arena blanca y agua dulce, donde los atardeceres dorados compiten con cualquier postal de la costa oceánica.

Valle del Lunarejo (Rivera)

Escondido en el extremo norte del país, este quiebre profundo en las tierras llanas de Uruguay revela un paisaje de cañones, cascadas escondidas y paredones de piedra cubiertos por una selva subtropical tupida. El Lunarejo rompe completamente con el estereotipo del campo uruguayo; caminar por sus senderos es adentrarse en un microclima húmedo y misterioso, habitado por aves raras y arroyos de agua cristalina. El toque pintoresco lo dan sus antiguas estancias ganaderas coloniales y los miradores naturales que miran hacia un horizonte que parece sacado de otra latitud.

Minas de Corrales (Rivera)

Caminar por este pueblo es hacer un viaje en el tiempo hacia la fiebre del oro del siglo XIX, conservando una atmósfera de "lejano oeste" criollo que se respira en sus casonas antiguas y calles arboladas. El gran atractivo atípico está en sus alrededores, donde se pueden explorar las enormes galerías subterráneas de piedra de las antiguas minas de oro inglesas, hoy habitadas por colonias de murciélagos en un entorno casi cinematográfico. Es un rincón cargado de mística histórica, leyendas de mineros y una geografía de sierras bajas que esconde las ruinas de la primera represa hidroeléctrica de Sudamérica.

Pueblo Eden (Maldonado)

A solo unos kilómetros del bullicio marítimo se esconde este diminuto paraje rural de apenas un puñado de habitantes, donde el tiempo parece haberse detenido por decreto. Protegido por suaves sierras verdes, olivares y viñedos boutique, el pueblo obliga a bajar la velocidad y apagar los motores para conectar con un silencio absoluto. Su encanto visual radica en sus prolijas casas de piedra, su capilla solitaria y una propuesta de turismo gastronómico de ritmo lento (slow food) que sirve delicias caseras a la sombra de los árboles, redefiniendo el concepto del campo chic uruguayo.